María Santísima
Historia de una devoción

Fundación de su Hermandad

Antigua Ermita de San Juan de LetránLa historia sobre la fundación de la Hermandad y la hechura de la imagen de la Virgen, si bien ya ha sido escrita y publicada en numerosos medios, en los últimos años ha sido enriquecida y matizada, tanto por boca de algunos de sus fundadores, como por las investigaciones realizadas por distintos cofrades. Todas las versiones sí coinciden en que son un grupo de jóvenes pertenecientes a Acción Católica, en su mayoría de la feligresía de san Lorenzo, los que reunidos en 1938 en la sacristía de la desaparecida Ermita de san Juan de Letrán, bajo el auspicio del coadjutor de san Lorenzo don Antonio Campos, deciden fundar una hermandad en torno a una antigua imagen de Cristo sedente esperando a ser crucificado con la advocación de Humildad y Paciencia, conocido popularmente como “Penitas” (hoy en la capilla del Sagrario de la parroquia de san Lorenzo). Asimismo acuerdan dedicar un solemne besapié a la citada imagen el Domingo de Ramos, 2 de abril de 1939, hecho del que se hace eco el Diario Azul del 4 de abril de ese año. Aquel grupo estaba encabezado por Juan Calero Cantarero, que tenía dieciocho años, siendo menor la edad del resto, por lo que ninguno era excombatiente como en repetidas ocasiones se ha dicho. Por un lado dada su juventud, y por otro a que dichos excombatientes estaban en aquella fecha formando parte de la Hermandad del Huerto. Quizá ese sobrenombre le viniera por el hecho de que algunos de los progenitores de esos muchachos sí eran militares o tenían relación con ellos, situación que les valió para conseguir el nombramiento del Ministro del Ejército, por entonces el General Valera, como Hermano Mayor honorario.

La hechura de la imagen

Primeras instantáneas de la Santísima VirgenAl pensar en la imagen de la Virgen, acuerdan en un primer momento que su advocación sería la de “Esperanza”. Según la versión tradicional, se encargó ese mismo día a Juan Martínez Cerrillo y fue entregada el 6 de septiembre a Juan Calero, como así consta en la carta de pago, tras abonar la cantidad de 1000 pesetas. Si atendemos a los diferentes datos, versiones y hasta una entrevista al artista publicada en Diario Córdoba el 6 de diciembre de 1987 sobre la fecha exacta de realización de la imagen de la Virgen, podemos concluir que Cerrillo no comienza a ejecutarla en abril de 1939, sino que en aquella fecha estaría prácticamente concluida (él mismo en la citada entrevista afirma que la talló entre 1938 y 1939). Por otro lado, un hecho curioso corrobora esta hipótesis, y es que la Hermandad de la Misericordia, fundada en 1937, decide en un cabildo celebrado el 9 de abril de 1939 “la proclamación de la Santísima Virgen Dolorosa bajo la advocación de Nuestra Señora de la Paz como titular de la cofradía en unión del Santísimo Cristo de la Misericordia”, solicitando incluso al Obispado autorización para dicho acuerdo así como para el cambio de los Estatutos vigentes, a los que se le añadiría un texto que, sin citar ninguna imagen en concreto, la incorpora oficialmente como Titular e indica la obligación de dedicarle un Quinario y un besamanos. Aunque como hemos comentado no señala a ninguna imagen en particular, está documentado el hecho de que el Hermano Mayor de la Misericordia, Francisco Melguizo, contacta con Cerrillo con la intención de adquirir una dolorosa, ofreciéndole el imaginero la talla en la que había estado trabajando los últimos años (la actual Virgen de la Paz); si bien parece ser que finalmente no hubo acuerdo entre ambos, por lo que la imagen permanecería en el taller hasta que Juan Calero pagó la cantidad mencionada y se la llevó a su casa. Relacionado con este hecho puede estar la anécdota que se ha contado en repetidas ocasiones sobre la visita al taller de Martínez Cerrillo de un cofrade de un pueblo que vino a la capital con el deseo de adquirir una dolorosa para su hermandad, pero que Juan Calero al enterarse acudió rápidamente al taller a abonar la cantidad antes mencionada y retirarla. No resulta descabellado pensar por tanto que aquel al que se referían como “un cofrade de un pueblo” fuera Francisco Melguizo Fernández. Su amistad con él fue comentada por Cerrillo en alguna ocasión, indicando que se conocían desde los tiempos de las congregaciones marianas y que se escribían durante el frente intercambiando ideas sobre cofradías. Sí podemos asegurar tras este episodio que la imagen en esas fechas estaría como mucho a falta de los últimos retoques, ya que incluso estuvo expuesta días antes de su bendición en la parroquia de san Lorenzo, junto a la imagen del Señor del Calvario, con saya y manto blancos. Las quejas que al parece remitieron miembros de esta Hermandad al párroco, don José Serrano Aguilera, así como la escasa voluntad de acoger a este grupo de jóvenes por su parte, precipitó la salida de la Virgen de la parroquia, llevándosela Calero a su casa, donde la instaló en una estancia de la misma que habilitó como improvisada capilla, contando incluso con unos reclinatorios prestados por los Salesianos.

La Bendición

Tras el incesante número de devotos que pasaron a contemplar a la Virgen en casa de Calero, consiguieron autorización del Obispado para que la bendición tuviera lugar en la parroquia de san Andrés. La prensa del día 7 de septiembre de 1939 dedicaba un espacio para anunciar dicho acto. A las 10:30 de la mañana del viernes 8 de septiembre comenzó la ceremonia de bendición de “la bellísima y genial escultura (…) obra meritísima del genial imaginero cordobés don Juan Martínez Cerrillo (…)”. El oficiante fue el canónigo Magistral de la Santa Iglesia Catedral, el Ilustre Señor don Juan Eusebio Seco de Herrera y Martín Moyano, actuando como padrinos doña Paz Courtoy y su hijo don Gregorio García Courtoy (Courtuaz señala por error el periódico), familia que siguió y sigue ligada a la Cofradía. La sobrina de doña Paz Courtoy, doña Paz Rubio Courtoy, hija de los marqueses de Valdeflores (que tenían su domicilio en el palacete de la plaza de las Doblas), fue Camarera Mayor de la Santísima Virgen entre 1956 y 1967, influyendo de forma notoria en los cambios estéticos que se producen en aquel tiempo, como la adopción del blanco para el atavío de la dolorosa en el paso o la retirada de la imagen de san Juan en 1959. La presencia de tales padrinos de bendición sin duda contribuiría a la grandiosidad del acto, solemnizado por una orquesta que interpretó la misa del maestro Gómez Navarro (como así podemos leer en la reseña comentada), autor del popular Miserere y de marchas fúnebres como “El Alma de mi Alma”. Una vez finalizado, “tan peregrina Señora” quedó expuesta en besamano hasta las ocho y cuarto de la tarde, “esperando al pueblo católico de Córdoba, para implorar la paz universal y el reinado de Cristo sobre la tierra (…)”. Con el canto de la Salve se dio por concluida la intensa jornada. Como dato curioso, resaltar que el Magistral Seco de Herrera predicó, a las siete y media de la tarde, el primer día de novena en honor a Ntra. Sra. de la Fuensanta en su Santuario, por lo que igualmente podemos decir que fue un día intenso para el canónigo. El impacto que causó la imagen en el pueblo de Córdoba nos lo narran tanto las crónicas periodísticas de la época, como los testimonios de los pocos hermanos fundadores que actualmente quedan con vida y con los que hemos tenido la oportunidad de hablar. El ver a una imagen dolorosa de rostro juvenil vestida completamente de blanco, la postura de sus manos, la forma de aderezarla…chocaba directamente con lo que la Córdoba del momento estaba acostumbrada: Vírgenes enlutadas (salvo los Dolores cuando vestía de azul y rojo) de gesto contrito y apesadumbrado. Calero, cabeza visible de aquel grupo de jóvenes fundadores, tenía muy claro que debía ser una Hermandad distinta a las demás. A la vista está que consiguió su propósito y así empezó a percibirlo el pueblo.

La advocación de Paz y Esperanza

La advocación finalmente elegida fue la de “Paz y Esperanza”, pero de nuevo existe una cierta nebulosa en torno al porqué de este doble título. Si bien en un primer momento se acordó que fuera uno solo, “Esperanza”, Cerrillo contó en multitud de ocasiones que fue su madre la que intercedió para que fuera también “de la Paz”, con el convencimiento de que esta imagen había traído la paz a España y a su casa; un nombre que en aquel momento no podía tener más sentido y más significación tras la recién terminada guerra civil. Los fundadores no dudaron en anteponer ese título al inicialmente pensado, formando una de las más bellas advocaciones de cuantas posee la Madre de Dios. En relación al título de “Paz”, no se sabe si realmente la opinión de su madre influyó tan decisivamente en el cambio, pero el autor así lo afirmó. Indudablemente a esto se le sumaría el comentado fin de la guerra y curiosamente coincidía con la primigenia idea de la Hermandad de la Misericordia. “Esperanza” era una advocación por la que parece ser Cerrillo sentía una especial predilección. Así vemos como se la añadió a la Virgen del Mayor Dolor (en aquel momento la actual Virgen Nazarena), a la Paz y finalmente a la titular de la por entonces cofradía de “Los Gitanos” de santa Marina. Este hecho pudiera deberse a la influencia sevillana (la popularidad de sus dos Esperanzas) que ni Cerrillo, ni la prensa de la época ocultó. Puede leerse por ejemplo en la noticia sobre la bendición del Mayor Dolor y Esperanza: “(…) preciosa imagen de rostro expresivo y hechura sevillana (…) en su estructura típica, en ese sello sui generis que en la tierra de la Giralda se imprime tanto en la expresión como en su atavío (…)”. El bujalanceño tenía como es lógico una gran referencia en la ciudad hermana, a la admiraba y visitaba en Semana Santa y de la que llegaban estampas (tampoco olvidemos su contacto con Fernández Andes). Fiel reflejo de ello sería la manera de vestir las imágenes, los misterios y el montaje de los cultos. También cabe pensar que la influencia malagueña (ciudad para la que también trabajó) fue igualmente fuerte, por ejemplo en el palio ochavado de la Paz y algunos términos empleados en sus primeros Estatutos; aunque más bien sería el palio de las Angustias, sí inspirado en los tronos malagueños, el principal referente. Bien es cierto también que el escultor comentaba el especial afecto que su madre sentía por esta Virgen. Cerrillo, al recordarle a su madre, nunca ocultó igualmente su predilección por Ella, a la que llamaba cariñosamente “su Niña”. La hipótesis de la influencia de la madre para anteponer el nombre de “Paz” cobra fuerza.

La llegada al Convento de los Capuchinos

De lo que no cabe duda es que en Ella depositaron sus fieles la Esperanza de una Paz duradera, la Esperanza ante un futuro bastante incierto. Tan incierto como el mismo destino de la joven cofradía. De nuevo el párroco, en este caso de san Andrés, mostró su disconformidad a que permaneciesen en dicha sede, por lo que de nuevo Calero llevó la Virgen a su casa. Tras varias gestiones y la aprobación de la Curia Provincial de los Capuchinos, se consiguió la erección canónica de la hermandad en la iglesia conventual del Santo Ángel. En unas sencillas parihuelas fue conducida la Santísima Virgen, en la tarde-noche del 24 de febrero de 1940, hacia el convento franciscano; vestida con manto y saya blancos, una mantilla como toca y una sencilla diadema. Curiosamente la procesión salió de la iglesia de san Lorenzo, pese a los problemas que allí tuvieron. Tal y como relata la prensa de la época abría la comitiva la Banda de cornetas de la Organización Juvenil. La acompañaba un numeroso cortejo de fieles portando velas, en el que figuraba como preste el que fue primer Consiliario de la hermandad, fray Juan Evangelista de Utrera. La Banda Municipal de música se situó al final del mismo. En la plaza de Capuchinos la esperaba el Guardián del Convento fray Rafael de Antequera, así como el resto de la comunidad. Ante el Cristo de los Faroles, cuyo promotor fue precisamente el eminente capuchino Beato fray Diego José de Cádiz, se depositó la imagen sobre un sencillo altar que prepararían con especial dedicación los humildes hijos de san Francisco, y posteriormente se cantó la Salve bajo la dirección del maestro don Luis Serrano. Al concluir el rezo los mismos frailes portaron la parihuela hasta el interior de la iglesia, en un precioso gesto simbólico y de cariño, tras lo cual la Banda Municipal interpretó la Marcha Real. El altar mayor “lucía espléndida iluminación eléctrica y de cera” y una vez llegado al presbiterio, el Guardián “pronunció una elocuente plática enalteciendo las glorias de la Virgen de la Paz, cuya intercesión ha sido decisiva para que en España reinen el orden y la tranquilidad (…)”. Sigue el cronista de la época relatando como se sucedieron los vítores a la Virgen en el interior de la iglesia e informando que al día siguiente, a las nueve de la mañana, se celebraría solemne función en su honor y posteriormente un Triduo, verificándose dicho culto del 17 al 19 de marzo con la presencia del canónigo don Félix Romero Mengíbar para la Fiesta de Regla; sacerdote que fue nombrado años después obispo de Jaén. El Viernes de Dolores de 1940 se realizó también un Besamanos, quedando instituido desde aquel año en esa señalada fecha. En un primer momento la imagen fue ubicada en un pequeño altar situado en la nave de la Epístola. La llegada de la Virgen y la Hermandad a Capuchinos supuso sin lugar a dudas un revulsivo para el convento, que en aquella época, y según cuentan, sólo abría para la Misa del Gallo. Ambas partes salieron beneficiadas. La Hermandad había encontrado una casa que los acogiera y los frailes veían como la presencia de fieles era cada vez más numerosa. Parecía que la nueva Hermandad y la misma Virgen, con su advocación de la Paz, estaban destinadas a habitar en aquel humilde convento franciscano, en la blanca y recoleta plaza capuchina. El propio san Francisco en su Testamento dice “El Señor me reveló que dijésemos el saludo: El Señor te dé la paz”. “Paz y bien” es el saludo franciscano por antonomasia. Tras aquellos duros momentos en el que los fundadores no encontraron más que negativas y obstáculos, encontraron en ese lugar precisamente la paz y el sosiego que necesitaban. ¿Sería la providencia divina la que hizo que fuera ese y no otro el destino de la hermandad? Lo cierto es que hoy día no se entiende la Cofradía de la Paz sin los Capuchinos y la iglesia del Santo Ángel se asocia a Ella casi sin querer. Este vínculo espiritual le valió para que la Orden hiciera entrega a la Hermandad en 1977 del título de “Franciscana”.

Evolución de la devoción a la Santísima Virgen

Debido a la céntrica situación de su nueva sede y a la incansable labor de sus fundadores, se fueron acercando a la Cofradía distintas familias y personajes pertenecientes a la clase media-alta de la ciudad: los citados marqueses de Valdeflores, doña Amparo Belmonte de Merino (presidenta de la primera Junta de Damas Camareras), la Duquesa de Osuna (que fue nombrada Camarera Mayor de Honor), así como militares de renombre, como el comentado General Varela, Ministro del Ejército, cuya viuda donó su fajín a la Virgen. Sin embargo La Paz muestra curiosamente un carácter popular, casi de barrio, que consigue atraer también a la gente sencilla. El impulso que en poco tiempo consiguieron darle este grupo de jóvenes a la cofradía se puede considerar como un esfuerzo titánico, todo ello teniendo en cuenta la penosa y difícil época de la posguerra. Gracias igualmente al ingenio y capacidad creadora de Martínez Cerrillo, que desde los primeros años ocupó la dirección artística junto con Mariano Merino Belmonte, pudieron cubrir unos mínimos de calidad. No sólo salir airosos, sino sorprender en más de una ocasión con la imagen mostrada tanto en la calle como en aquellos impactantes altares de culto. El peso de las grandes devociones de la ciudad no beneficiaría demasiado a la joven cofradía, por más que se pueda pensar lo contrario. Poco tardó la Virgen de la Paz en calar hondo en los corazones de los fieles. Córdoba no es una ciudad fácil de impresionar, amiga de las innovaciones, sobre todo en aquella época. Aun así La Paz fue haciéndose un hueco y empezó a dar que hablar. Su Virgen, su Cofradía en la calle… a nadie dejó indiferente. La exuberancia de su palio y el grácil andar de sus costaleros por los que siempre ha sido portada, cautivaba a todos los que se acercaban a contemplarla. Y poco a poco, su popularidad en la calle se convirtió también en devoción en su capilla; en la que nunca faltan flores, fotografías como modernos exvotos, medallas de agradecimiento por favores recibidos. Una devoción que se muestra fuerte y que brota cada Viernes de Dolores desde 1940 en forma de ríos de personas y besos que desgastan su frágil mano. Historias y anécdotas que cuentan los mayores de la Cofradía, como la de aquel nazareno que salió cumpliendo una promesa con los brazos en cruz portando un cirio en cada mano (inmortalizado por Ricardo Anaya en el cartel de Semana Santa de 1971), el matrimonio que pasó una noche de vigilia delante de su camarín, las muchas personas que llegan pidiendo la ramita de olivo que porta en su mano para llevársela a algún enfermo…y así podríamos seguir con otras muchas historias más. Es una devoción que ha ido transmitiéndose de padres a hijos, de abuelos a nietos…Se ha mantenido viva desde el principio, y en eso reside su fortaleza; este es el argumento principal para explicar que no se trata de una moda pasajera, sino que está afianzada y en continuo crecimiento. Es algo difícil de explicar, pero se podría resumir con estas sentidas palabras del sacerdote don Antonio Gil en su Pregón de Semana Santa del año 1990: (…) La Paz electriza, emociona, pone de puntillas el alma, hace brillar las miradas, eleva, sublima, comunica a las aceras, no sólo la belleza de su paso, sino la tranquilidad de su mirada (…).

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