Historia de la imagen
La historia de María Santísima de la Paz y Esperanza Coronada se encuentra unida desde sus comienzos a la propia fundación de la Hermandad. La imagen fue realizada en 1939, cuando el grupo de jóvenes cofrades que dio origen a la corporación decidió encomendar al imaginero Juan Martínez Cerrillo la ejecución de su futura titular mariana.
La dolorosa fue bendecida el 8 de septiembre de 1939 en la iglesia de San Andrés. Tras las vicisitudes que acompañaron a los primeros momentos de la Hermandad, la corporación quedó establecida en 1940 en la iglesia conventual del Santo Ángel, de los Padres Capuchinos, donde la imagen continúa recibiendo culto.
Desde los primeros años de la Cofradía, la Virgen ocupó un lugar central en su vida religiosa y procesional. Durante una parte de su historia realizó la estación de penitencia acompañada por una imagen de San Juan Evangelista, configuración que se mantuvo hasta 1959. Con el paso de los años, la imagen y la cofradía en general fue ganando enormes cotas de popularidad en la ciudad.
También recibió el sobrenombre de la Paloma de Capuchinos, en alusión a la marcha procesional que Francisco Melguizo le compuso a en 1951.
Entre 2014 y 2015 se conmemoró el 75.º aniversario de su bendición y de la fundación de la Hermandad. Las efemérides incluyeron diferentes actos religiosos y culturales, entre ellos una gran exposición en San Felipe Neri y una salida extraordinaria desde la iglesia de la Merced, desde donde se efectuaron sus primeras salidas procesionales, hasta la Catedral.
Uno de los acontecimientos más importantes de su historia tuvo lugar el 15 de octubre de 2022, cuando María Santísima de la Paz y Esperanza fue coronada de forma pontificia en la Santa Iglesia Catedral de Córdoba. Culminaba así un largo camino iniciado en 2016, tras más de cinco años repletos de cultos y actos de diversa índole. La solemne celebración estuvo presidida por el obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, y concluyó con una procesión extraordinaria de regreso a la iglesia conventual del Santo Ángel.
La Coronación supuso el reconocimiento de la prolongada devoción tributada a la imagen y la convirtió en la cuarta dolorosa coronada de la ciudad de Córdoba, después de Nuestra Señora de los Dolores, Nuestra Señora de las Angustias y Nuestra Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos.
Autoría
María Santísima de la Paz y Esperanza Coronada es obra del imaginero Juan Martínez Cerrillo, nacido en Bujalance (Córdoba) y estrechamente vinculado a la imaginería religiosa cordobesa del siglo XX.
La talla fue realizada en 1939 y bendecida el 8 de septiembre de ese mismo año en la iglesia de San Andrés. Se trata de la dolorosa más antigua de Martínez Cerrillo que actualmente procesiona en la ciudad de Córdoba, y una de las imágenes fundamentales para comprender la evolución posterior de su producción mariana.
La importancia de la Paz y Esperanza dentro de su trayectoria ha llevado a considerarla una de sus obras más representativas, junto con otras conocidas imágenes marianas cordobesas. En ella comenzaron a definirse algunos de los rasgos que caracterizarían las dolorosas del imaginero: la juventud del rostro, el modelado delicado, los grandes ojos, la mirada baja y una expresión en la que el dolor aparece contenido por la dulzura y la serenidad.
La especial relación del autor con la imagen se prolongó durante toda su vida. Martínez Cerrillo intervino también en distintos elementos patrimoniales relacionados con la Virgen, a la que llamaba cariñosamente “mi Niña”, y fue el encargado de su vestimenta durante varias décadas. En 1987 se bendijo la que sería su última obra: la decoración en guadamecí del camarín en el que la Virgen recibe culto en la iglesia del Santo Ángel. El imaginero falleció dos años después.
Descripción artística
María Santísima de la Paz y Esperanza Coronada es una imagen de candelero para vestir, modalidad escultórica en la que se encuentran completamente tallados y policromados el rostro y las manos, mientras que el resto del cuerpo constituye una estructura preparada para recibir las diferentes prendas.
El rostro presenta una configuración muy personal, alejada de los modelos más rígidos o convencionales de la imaginería procesional. La Virgen posee una tez clara, facciones finas y un semblante juvenil. Los grandes y profundos ojos dirigen la mirada ligeramente hacia abajo, mientras el entrecejo se arquea y frunce suavemente, manifestando el sufrimiento de la Madre ante la Pasión de su Hijo.
La expresión no muestra un dolor desesperado o excesivamente dramático. El sufrimiento aparece contenido y humanizado mediante la delicadeza de los rasgos, las lágrimas que recorren las mejillas y la serenidad y espiritualidad general del rostro. Esta combinación de dolor, ternura y belleza constituye uno de los elementos más reconocibles de la obra.
La boca, delicadamente modelada, permanece ligeramente entreabierta, contribuyendo a la sensación de recogimiento y emoción. El óvalo facial, la suavidad de las mejillas y la inclinación de la mirada ofrecen una imagen cercana, joven y profundamente maternal.
Las manos actuales datan de 1960, y presentan una especial delicadeza, con unos dedos finos y suavemente flexionados.
El resultado es una obra de gran capacidad devocional y de gran unción sagrada, en la que Martínez Cerrillo consiguió equilibrar la belleza idealizada de María con la humanidad de una madre que contempla el sufrimiento y la muerte próxima de su Hijo.
Iconografía
La imagen responde al modelo iconográfico de la Virgen dolorosa, representando a María durante la Pasión de Cristo. No aparece formando parte de una escena narrativa concreta, sino aislada, permitiendo que toda la atención se concentre en su rostro, en sus lágrimas y en la expresión contenida de su dolor.
La mirada baja y el leve fruncimiento del entrecejo reflejan la aflicción de la Madre ante el sacrificio de Jesús. Sin embargo, la serenidad del semblante evita presentar a María vencida por el sufrimiento. La imagen conserva una actitud de entereza, aceptación y confianza en Dios.
El doble y original título de Paz y Esperanza, siendo esta la primera imagen que lo ostentó, alude de forma clara a los anhelos de nuestro país y de nuestros hermanos fundadores durante los convulsos años de la Guerra Civil. En un primer momento, al pensar en la imagen de la Virgen, acordaron que su advocación sería la de “Esperanza”. Sin embargo, la insistencia de la madre del autor en que debía llamarse “Paz” dio lugar a esta bella advocación.
La Paz alude a María como presencia serena y reconciliadora, mientras que la Esperanza recuerda su confianza en el cumplimiento de la promesa de la Resurrección. De este modo, el dolor expresado por la imagen no conduce a la desesperación, sino que permanece iluminado por la fe.
La Virgen representa, por tanto, a la Madre que sufre junto a su Hijo, pero que mantiene viva la esperanza. Esta unión entre dolor y confianza explica buena parte de su fuerza devocional: los fieles encuentran en ella consuelo ante el sufrimiento, serenidad en las dificultades y esperanza frente a la adversidad.
La paloma, incorporada históricamente a distintos elementos del patrimonio y del paso de palio, se convirtió también en un símbolo estrechamente asociado a la imagen. Representa la paz y evoca al Espíritu Santo, reforzando visualmente el contenido espiritual de su advocación.
Restauraciones
La intervención documentada con mayor detalle y profundidad sobre María Santísima de la Paz y Esperanza se llevó a cabo en 2004 y fue realizada por el escultor e imaginero cordobés Antonio Bernal Redondo.
Durante esta actuación se renovaron los brazos y el candelero de la imagen, elementos estructurales destinados a facilitar su correcta conservación y su adecuada preparación para el culto. También se colocaron nuevas pestañas y lágrimas. Asimismo, se reparó una grieta que partía de la frente, atravesaba el centro de la mascarilla y llegaba hasta la zona de la nariz.
En 2006 se trasladó de nuevo al taller de Antonio Bernal para efectuar un nuevo retoque de su policromía.
Estas actuaciones han estado orientadas a garantizar la estabilidad material de la talla y a permitir que continúe recibiendo culto, procurando conservar la fisonomía, la expresión y la policromía que definen la obra original de Juan Martínez Cerrillo.
En 2026 se ha encargado un nuevo estudio y proyecto de conservación al Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH), que incluye pruebas diagnósticas, al objeto de comprobar el estado actual de nuestros Sagrados Titulares.




