TUS PASOS BLANCOS (2014). Por Luis Miranda
Hay ofrendas que no se marchitan al pasar unos días ni se exponen en las vitrinas, pero que se han puesto a los pies de las imágenes con la misma intención y parecida unción, y que a veces configuran tanto la percepción que tenemos de ellas como una fotografía o el perfil de un paso de palio. “Pero como Tú, ninguna”, recordará alguno al ver cierta devoción universal, y otros cuando recen le pondrán letras de sevillanas, porque sus versos, además de oraciones, son también exvotos de amor generosos que se pusieron a disposición de los demás para que los utilizaran y también de alguna forma rezaran con ellos. El ofrecimiento de versos a las imágenes religiosas es tan antiguo como la piedad y la devoción. A veces tiene momentos altos y los poemas están en los libros de literatura, y los disfrutan quienes comparten la fe y quienes sólo disfrutan de la palabra.
Las cofradías son religiosidad popular, arte unas ocasiones excelso y otras artesanía llena de encanto que sin embargo se puede hermanar con el primero, y a los pies de las imágenes han llegado muchas veces poemas y textos, de variada calidad literaria, que han emocionado a sus autores al escribirlas tanto como a sus lectores al disfrutarlas. La hermandad de María Santísima de la Paz y Esperanza, que ahora cumple 75 años y que tanta popularidad y cariño ha conquistado en estos tres cuartos de siglo, reúne también un singular patrimonio literario, un mosaico de palabras que se dijeron a sus titulares y que están hechas casi siempre de emoción y muchas otras veces también con las raras gotas de la inspiración. ¿Desigual? Este patrimonio que no sale a la calle y no se restaura siempre lo es, pero si hay veces que el verso está ayuno de valores, nunca dejará de ser útil a la hora de comprender el momento en que se escribió, como una ventana abierta a su mundo particular. Donde pueda faltar la originalidad siempre encontrará el lector las venas abiertas de la emoción, la sinceridad a flor de piel, a veces la confesión de fe. Si se es cofrade, no se podrá evitar un estremecimiento por el sentimiento encontrado con aquel que lo hace igual.
Ni siquiera habrá que conformarse con los versos para recordar el párrafo que el poeta cordobés Pablo García Baena dedica a la hermandad con una prosa llena de exquisitas sugerencias y belleza íntima, en su monumental de la Semana Santa de 1979, que él mismo tituló como “El Retablo de las Cofradías”.
“Jesús de la Humildad y Paciencia y la Virgen de la Paz volverán a Capuchinos por las antiguas callejas senatoriales de San Zoilo y del Silencio. En el paso entunado de Nuestra Señora, sobre las cales conventuales, el rebrillo de la cera casi consumida, darán una serenidad de consuelo a la Dolorosa”.
Sí escogió el verso para dirigirse a la Virgen de la Paz alguien muy próximo a él, en la estética y en la amistad. Ginés Liébana, pintor del grupo “Cántico” y en esta etapa de su fecunda vida también poeta, le canta con verso libre y gran finura:
Niña de la reconciliación con el linaje,
caña del trigo,
espiga en flor.
El andamiaje de su camarín guarda el relicario de la Gloria.
Capitana de corso, traspasada con siete espadas
por la vía amarga del monte Calvo,
esta Monseñora, Madre del Divino Verbo,
si aparece no hay desánimo.
Bajo baldaquino transparente
pasea por la baranda del Bailío
detrás del Niño Galileo, ya hecho
Hombre de la Redención,
preso por la soldadesca del Pretorio.
Rodeada de una fragancia de estoraque,
por su majeza, el Paráclito la emparentó en la
Trinidad,
repartiendo perdón y misericordia
como Portabandera de la Paz.
De los encontrados, es uno de los dos textos en verso libre dedicados a la Virgen de la Paz y Esperanza. Fue lo mismo que escogió Ángel María Varo Pineda en un texto publicado en el número especial de la revista “Córdoba Cofrade” que se dedicó, hace ahora 25 años, al 50 aniversario de la hermandad. Merece la pena disfrutarlo al completo, porque además de ser un canto lleno de belleza e inspiración muestra la subjetividad muy particular del autor, la del cofrade de la Misericordia que no puede ver a la Virgen de la Paz en la calle y se tiene que conformar con seguir su rastro y presentirla bajo el capirote.
Ese día,
Seguiré tus pasos blancos en la noche.
Desde lejos, Tú lo sabes…
Seguiré tus pasos blancos,
en el cielo de plata y azabache
buscaré millones de rincones para encontrarme a solas con tu nombre.
Te seguiré despacio.
Perseguiré tus ojos.
Pero no podré verte.
Tu irás siempre delante de mi camino.
Te buscaré,
en el aire más puro de la noche.
En la fragancia más limpia del azahar.
En las celindas más hermosas de Córdoba…
Pero no te hallaré.
Encontraré, tan sólo,
el reguero de luz que dejas a tu paso…
Después,
fatigado de buscarte sin suerte,
descansaré apoyado en tu Paz,
en la Paz infinita y eterna de tus ojos…
Poco después, en su excelente pregón de la Semana Santa, contaría (“emoción inenerrable, por vez primera en mi vida, vi tu palio levantarse”) cómo acompañó a la Virgen en su procesión extraordinaria de 1990: “¿Qué más quieres que te diga / qué más pudiera contarte? / Tú sabes lo que te quiero / desde que te vi en la calle”.
Sin quererlo, por primera vez se asoma este texto al ritmo pegadizo del romance. Habrá que dejarlo para avanzar un poco por otros metros. Juan Morales Rojas, poeta cordobés, opta por una forma que sin ser la habitual ofrenda para María Santísima de la Paz y Esperanza, sí que está inscrita en la lírica de la ciudad durante todo el siglo XX, y ahí está otra vez la huella de “Cántico”.
San Zoilo se retuerce y se estrecha y se ahonda.
Acercan las paredes y el blanco de su cal.
Quieren besar el palio de la Paz y Esperanza…
¡Las golondrinas sueñan que ha amanecido ya!
Un aliento cargado de perfumes de azahar.
Un frenesí, de pronto, de ocultos costaleros.
Inicia un baile grácil que ordena el capataz.
Bailan las campanillas y la Virgen se mece.
La arrulla el entusiasmo del fervor popular.
Parece que a la Virgen una brisa suave
va meciendo en las olas del mar de la piedad.
Rataplán de tambores que el aire incierto y leve
De la Virgen descuelga, cadencioso, al pasar.
De un balcón que se opone, la saeta llorada
que recibe al oído la Virgen de la Paz.
Se te acercaron tanto las paredes, Señora.
¡Qué has de hacer un milagro para poder andar!
Los pregones se han detenido con frecuencia en la hermandad, a veces en sus dos titulares, porque también el Señor de la Humildad y Paciencia, como se verá, tuvo la atención de los escritores y la devoción de los hermanos. De los pregoneros de la Semana Santa cordobesa, ninguno tuvo tanto éxito como Francisco Montero Galvache, que lo fue en cuatro aclamadas ocasiones: 1955, 1957, 1959 y 1975. A él se le debe un soneto dedicado a la hermandad, donde abandona el tono triunfalista de otras veces, coetáneo de Rodríguez-Buzón en sentido literal, y opta por la meditación religiosa para hacer un bellísimo texto.
Cansado tengo el corazón, rendido;
destruida mi vida en su ribera.
Pero, de pronto, sé que Cristo ha ido
dándome, con su muerte, una bandera.
Una bandera de alegría. ¡Y pido,
y creo, y amo! ¡Y otra primavera
nace en mi sangre! ¡Y rezo, y conmovido
de gozo, vuelvo a ser como yo era!
Y todo porque tú, Virgen, unidas
tu Paz y tu Esperanza, me has tocado
con tus manos mis manos doloridas.
¡Y todo porque tú, Cristo llagado,
con tu Paciencia y Humildad rendidas,
muriendo Tú, la vida Tú me has dado!
La hermandad de la Paz lleva el título de franciscana en su nombre y los capuchinos le han cantado muchas veces. En sus cultos, pero también en la poesía. Al llegar a este punto sobresale un nombre que marcaría la historia de la cofradía en los años 80 y 90: el de fray Ricardo de Córdoba. Suyos son algunos de los versos más recordados, en uno de los metros favoritos por los autores para cantar a la Paloma de Capuchinos: el romance. La fácil y natural musicalidad del octosílabo, la alegría que transmite, son el vehículo perfecto para hablar de la Virgen de la Paz y Esperanza. Así, en el año 1990, con ocasión del cincuentenario de la hermandad, hizo un recordado canto al primer palio de la Virgen, que acabaría en las Islas Canarias:
Viejo palio, que te fuiste
a tierras lejos, de Isla.
¡Nunca podrás olvidarte
cómo Córdoba, aplaudía…
te prendía, mil saetas
al rozarte en las esquinas!
No olvidarás san Miguel
ni su estrechez ni su ojiva
¡San Zoilo y García Morato
donde el calor te oprimía
mientras sacaste a la Reina
Blanca de la simpatía!
¡Ni el regreso por Osario
arrastrando a Las Tendillas
prendida en los candelabros
de luz de tus guardabrisas!
Ya cobijas a otra Reina
-Madre de Dios- tan virgínea
pero…¡Te duele la malla!
porque la Paz, no te nimba!
El texto es largo y acaba con un hermoso recuerdo para la ciudad:
Tu seda de opaco brillo,
guardará siempre esa dicha
pues fuiste ¡Gloria de amores
en andas de purpurina!
Recuerda, siempre a tu Paz.
Fue en ti -Estrella peregrina-
que sigue ganando a Córdoba
¡cuando al salir, la ilumina!
Pero no fue fray Ricardo el único capuchino que cantó a la Virgen de la Paz. Así, Fray Fernando Linares Fernández le dedica un soneto, una estrofa clásica como la que más que no deja de ser frecuente para Ella:
Estrella de la noche cordobesa,
reina de la Paz, y de esperanza río,
que vienes a pasear tu señorío
de amor y de consuelo, en la tristeza
de estos hijos que ven en tu grandeza
la luz de Dios que irrumpe en el estío
de nuestra oscuridad, como rocío
del Reino de tu Hijo que en Ti empieza
que la rama del olivo de tu mano,
signo fértil del fruto de tu vientre,
convirtiera nuestro corazón doliente
haciéndolo encontrarse en el hermano
contigo y con Jesús, Siervo Paciente,
reconciliados en amor ardiente.
Fray Alejandro de Málaga, por su parte, opta por endecasílabos de rima asonante:
De tu Córdoba la novia refulgente
¡Oh Virgen de la Paz y de Esperanza!
Hoy te asomas en el atrio capuchino
traspasada en tu dolor de hielo y muerte,
como faro luminoso de bonanza
encendiendo con tu albura mi camino.
Y así, esta Córdoba que es tuya, al verte,
se hace rosa de pasión en tu quebranto,
queriendo con un beso de amor fino
consolar tu pena y enjugar tu llanto.
En el poemario hay un nombre que destaca por la profusión y también por la sincera devoción que pareció profesar a la Virgen de la Paz. Es el del escritor y académico José Linares Rojas, que dedica sonetos como este:
Noche, que es noche de Pasión, morada.
Soledad de silencios y de lirios;
en la luz vacilante de los cirios
y en el vago rumor de la pisada.
Quietud, dolor de un alma traspasada
por saetas de trágicos martirios,
que fueron creando los delirios
de una inconsciencia cruel y desolada.
Paz, áncora y olivo en todo, y todo
sumergiéndose en débil amargura
porque quiere expresarle de algún modo
a la Madre que es Reina de Belleza
que deja abandonada su locura
para llorar con ella su tristeza.
Su obra está traspasada por una sinceridad a flor de piel, de forma que el lector se empapa de la autenticidad de sus sentimientos enseguida. Este acto de contrición ante el Señor de la Humildad y Paciencia es bastante claro.
Hoy siento mi interior encadenado
a un renacer inútil de dolencia.
Hoy pésame, Señor, en la conciencia,
haberme repetido en el pecado.
Siento haberte una vez y otra ultrajado
como aquellos que dieronte sentencia;
porque una vez y otra, tu paciencia,
se dignó perdonarme tal estado.
Y sintiendo Señor, mi alma desnuda,
como enfermo escapado de su lecho,
quisiera te dignaras darme ayuda
para dejarme más pronto esta crueldad:
Que es, repetirme otra vez en lo que he hecho,
ofender tu Paciencia y Humildad.
Sin nombrar a la Virgen, le dedica un poema dedicado a Ella en el título, en el que evoca la noche en que sale en procesión. Es de su libro “Espumas”, de 1948.
La luna se va dejando
Una a una las guedejas
De plata y oro trenzadas
Como si fuesen de seda
Noche de Miércoles Santo,
noche bordada en estrellas,
peregrinar de silencios
Con suaves pasos que dejan
Prendidas en la calzada
Lentitudes de promesas.
Pero si hay uno que estremece es aquel que escribe José Linares Rojas en su agonía, un Miércoles Santo en el que la Virgen pasa junto a su casa y siente como si ya se pudiese marchar tranquilo. Tiene forma de saeta y respira autenticidad.
Pensaba desesperado
poder orar ante Ti
por estar en cama, atado.
Y has venido Tú hasta mi
a darle Paz a mi estado.
Miguel Salcedo Hierro, el eterno cronista oficial de la ciudad, le dedicó un poema en el año 1942, cuando la hermandad salía el Domingo de Ramos, en los versos octosílabos que tanto dominaba como hombre de teatro que era.
La plaza de Capuchinos
está de rosas bordada;
que en un Domingo de Ramos,
vistiendo túnica blanca,
ya sale la Virgen de
La Paz y de la Esperanza.
Noche triste, en que los llantos
se mezclan con las palabras.
Las estrellas palidecen
bajo sus mantos de plata
y en el cielo azul oscuro
dejan resbalar sus lágrimas.
El Cristo de la plazuela
tiene custodia de lanzas.
Y bajo la noche triste,
y bajo la luna pálida,
la Virgen sale del templo
igual que una rosa blanca,
entre la luz de unos cirios
que queman por alumbrarla.
Más singular es el texto que el que fuera cuatro veces pregonero de la Semana Santa de Córdoba dedica al Señor de la Humildad y Paciencia, y que publicó en el diario “Córdoba” el 2 de abril de 1969. Tiene forma de acto de contrición, tan tradicional en la lírica española, con versos que alternan las once y siete sílabas.
Señor, que has aceptado el sufrimiento
sin queja de tu mal
y que estás aguardando ya el momento
de tu amargo final,
yo te ofrecí mil veces ir contigo,
-me ha faltado valor-
no te ha quedado nadie, ni un amigo:
perdóname, Señor.
El árbol de la Cruz te está esperando:
sólo un instante más
y te estaremos, sin piedad, clavando.
Y aún nos bendecirás.
Nada tienes. Si acaso una guirnalda
de sangre que brotó,
pues la Cruz que ha hecho cárdena tu espalda
en el suelo quedó.
Paciencia y Humildad…Triste mirada,
tenue, opaca, sin luz…
Ahora mismo, Señor, no tienes nada:
ni siquiera la Cruz.
Ver el poemario de la hermandad de la Paz supone asomarse a un tiempo en que los poemas llegaban como ofrendas anónimas, igual que ahora las flores y las joyas. Así, en el boletín de la hermandad de una fecha tan temprana como 1943 aparece un largo romance firmado con las iniciales R. A. M. El autor de un texto lleno de emoción y pequeños hallazgos incluye una súplica por la paz, pues no hay que olvidar que España acababa de salir del cruento conflicto civil, pero continuaba en aquellos días la terrible Segunda Guerra Mundial.
Hay un silencio. Se para
el aire. Un cantaor
tose, escupe, se prepara,
prueba si su voz es clara,
y tras un largo lamento
que surge conmovedor
lanza el corazón al viento
en saetas de oración
-¡Virgencita, mira el mundo
que en guerras crueles está
por tu dolor tan profundo
dale Madre mía la Paz.-
Silenciosos, vacilantes,
pasan llenos de piedad
con sus cirios llameantes
que rasgan la oscuridad
los blancos encapuchados;
se oye a la gente llorar
en murmullos apagados
una súplica que implora
paz al mundo. Y al pasar
la Virgen frente a la Cruz
del Cristo de los Faroles,
parece cual si una luz
llenara de resplandores
la imagen del Salvador
crucificado cruelmente
por salvar al pecador.
También de aquellos primeros años es el texto que le dedica el cofrade Eusebio Cañas Revuelto, otra vez en el tan concurrido romance:
La plaza de Capuchinos
es vivero de blancura
y de fervor sin igual.
En la plaza, la hermosura
de la Virgen de la Paz,
y, escoltando sus pisadas,
mayestáticas, serenas,
por verdes capas veladas,
blancas túnicas bordadas.
Entre perfumes de azahar,
ramilletes de azucenas
de contorno y perfil leve,
dan su cortejo de nieve
a la Virgen de la Paz.
Puede que sea el mismo autor de un singular texto publicado en el boletín de la hermandad en 1942 con su nombre, aunque en el de 1943 tiene la firma de Rubén Medel. Quién sabe, pero tiene por estrofa la silva, tan clásica como poco prodigada en los versos de las cofradías.
Y el dolor se hará risa
si me brinda consuelo tu sonrisa.
Tu sonrisa apenada
de Madre acongojada
que vio morir al Hijo bien amado
-creador de mundos y de mundos dueño-
como ladrón vencido y humillado,
escupido y clavado sobre el leño
de la cruz redentora.
Precisamente Rubén Medel, hermano fundador de la cofradía, publicó otro texto, traspasado de emoción. Es algo común entre quienes se dirigen a sus imágenes, que rezan como escriben, o escriben como rezan, y comparte en la voz alta de los versos sus propias emociones.
Sé Tú mi esperanza
dulce Madre mía,
faro en lontananza
que hacia Dios me guía.
Escucha, Señora,
a este desterrado
que gime y que llora.
¡Dame el tan ansiado
reposo en la paz!
Pasaría el tiempo y la Virgen de la Paz fue ganando devoción con los años, y así se va notando. Cuando Daniel Pineda Novo dedica este texto en la revista “Patio Cordobés” de 1975, ver a la cofradía ya no era una novedad, sino un clásico.
Cual Paloma de nieve desolada
te asomas a tu plaza con desvelo
siguiendo a la Humildad, con blanco velo,
y quedas en albura iluminada…
¡La plaza capuchina, recatada,
al faltarle los rayos de tu cielo,
queda sola, sumida en triste duelo,
esperando la fría madrugada!
Córdoba se hace altar, cáliz, patena
al verte por sus calles…y las flores
quisieran mitigar tu augusta pena…
Mas pone la dulzura en tu semblanza
el Cristo celestial de los Faroles,
cubriéndote de Paz y de Esperanza.
El 27 de septiembre de 1985, para reparar el primer palio de la Virgen, la cofradía ofreció un recordado festival en el Palacio del Cine. Para aquella cita, el cofrade Antonio Tamajón Santos escribió un emotivo texto que leyó el rapsoda Luis Navas, uno de los grandes recitadores de aquellos años. He aquí un texto que tiene todo para recitarse, desde la repetición de versos hasta un final que hace vibrar a quien escucha.
¡Qué voy a decirte yo Virgen,
de la Paz que tú derramas.
Sembrando de Paz los campos,
sembrando de Paz las almas!
¡De tu presencia serena!
¡Faro de mar encrespada!
¡Brisa de campiñas verdes
y luz de veredas pardas!
¡Del clamor allá en el cielo!
¡Del clamor aquí en la Plaza!
¡De los mil reflejos limpios
de tu manto verde plata!
¡De la bondad de tu gesto!
¡De tu dolor, que te callas,
y del consuelo que ofreces
a quien se postra ante tus plantas!
¡Qué voy a decirte yo,
Virgen de la Paz y Esperanza,
que no estés diciendo Tú
desde tu trono de escarcha!
¡En la plaza de Capuchinos
de tu Córdoba callada!
Pero sí, yo quiero decirte algo
que brota aquí en mi garganta:
Que eres la Virgen más guapa
que sale en Semana Santa.
También se recuerda con admiración el soneto que, hace pocos años, en 2009, dedicó Javier Tafur Asensio en su pregón de la Semana Santa, donde juega con una singular jerarquía en las devociones marianas de Córdoba.
Aunque estés profundamente herida,
tienes la paz, la esperanza y otra cosa,
una extraña alegría dolorosa
que ya anunciase la Pascua florida.
No existe otra, como Tú, tan donosa,
ninguna tan sin mancha concebida,
ninguna virgen tan esclarecida
que pueda ser un poco más hermosa.
Entre Dolores y Angustias se bregue,
de tal cuestión el debate no cesa.
Podemos, sin que la pasión nos ciegue,
discutir quién para reina más pesa.
Pero ni tan sólo un cofrade niegue
que tú seas de Córdoba princesa.
Los versos han brotado a sus plantas tanto como las flores y las saetas, pero por fortuna tuvieron quien los escribiera para que otros recen también con ellos.
