“La Paz, un legado de 75 años”
La importancia del patrimonio musical
“La música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu”, decía nuestro escritor más universal; por su parte, Oscar Wilde mantenía que “el arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos”. No es de extrañar, pues, que en ocasiones sea la ofrenda musical el ingrediente idóneo para convertir los momentos memorables en irrepetibles. Precisamente son los elementos efímeros, como la cera y la flor, los que hacen que cada Semana Santa sea única y diferente a las anteriormente vividas. Y la música es una ofrenda a las imágenes no menos significativa que las nombradas líneas más arriba, pero sí más acotada en el tiempo, y en muchas ocasiones, menos evidente. Se trata de un patrimonio delicado, e incluso vulnerable, que no siempre es valorado como se debiera. Los ritmos se revisten de armonía y los timbres de los instrumentos hacen el resto. Así, si se requiere un sonido meloso y acogedor son los bombardinos, las trompas o los fliscornos, los que lo materializan con su cálido metal. La contundencia de los tambores, con sus granaderas llenas de sabor y distintas en cada banda, acompasa el palpitar de los corazones. Todo se junta, la petalada, la estrechez, el aplauso, el siseo… ¡la música!, que ni se toca ni pesa, pero que supone ese otro ajuar imperceptible con el que cuentan las sagradas imágenes.
Al margen del valor patrimonial y sentimental que poseen, las composiciones musicales llevan intrínseca una función informadora, y actúan como una especie de diario de la cofradía que se ha ido rellenando a lo largo de las décadas, mientras las partituras –antes, románticas, bellas y cubiertas de una pátina amarillenta; hoy, impolutas en su grafismo y geométricas en su trazado- han ido evolucionando, creciendo en cantidad y registros y adaptándose a los tiempos, como ocurre con el resto del guion de la cofradía. Así, analizando la plantilla de instrumentos de “Despojado en tu Humildad” podemos recordar, por ejemplo, que hubo una época en la que el Señor de la Humildad y Paciencia iba acompañado por cornetas y tambores. También podemos sumergirnos en una Córdoba de calles empedradas, de nazarenos escasos y de tendido eléctrico colgando entre fachada y fachada, paladeando los pentagramas de “Paloma de Capuchinos”, y comprobando que la marcha procesional cordobesa de Posguerra contaba con un carácter propio, majestuoso y reposado, lejano de la marcialidad y del vigor de las marchas sevillanas que se impondrían décadas después.
Y en definitiva, al igual que ocurre con la saya diseñada expresamente para la dolorosa, o con el calvario de iris que, con mimo se ha colocado bajo el crucificado, ¡qué mejor que contemplar a una imagen con la música que un día un autor soñó para que fuera interpretada tras ella! ¿No se cuida con celo el cortejo? ¿No se presenta con esmero el hermano nazareno? Cuidemos la música, como si de una pieza más del altar de insignias se tratara.
Un itinerario musical para el Señor de la Humildad y Paciencia
La Cuaresma supone para los católicos un tiempo para reflexionar sobre todo lo que va a acontecer, idóneo para ser conscientes del profundo amor que Dios nos tiene, tanto que a través de la pasión de su Hijo redime nuestros pecados. La Cuaresma nos recuerda lo mucho que nos olvidamos del Señor cada vez que incumplimos su palabra. Es el tiempo perfecto para intentar remediarlo, renovándonos y reconociendo nuestra pequeñez al postrarnos humildemente ante Él. Pero para los andaluces, además, se trata de un perfecto preludio. Una espera dulce a la par que impaciente. Una maravillosa transición entre la cotidianeidad y la gloria, porque es en esta bendita latitud donde el rezo del vía-crucis huele al despertar de la primavera. Es aquí donde la luz de los faroles parece atenuarse ante el cortejo que se intuye, como si en un teatro nos encontráramos. La banda sonora para tan espléndido escenario urbano es delicada, como el susurro del oboe, y está revestida de la serenidad que transmite el timbre del clarinete, generando unas armonías que se sustentan en la majestuosidad del fagot.
Es viernes de Cuaresma y las calles de la feligresía arropan al Señor de la Humildad y Paciencia en una noche en la que está más cercano al pueblo que en ningún otro día. La pieza “Al Cristo de la Humildad” (2010), del músico militar y director Manuel Alba –autor de marchas como “Virgen de la Alegría” o “Estrella Cordobesa”, y relacionado con la cofradía- nos traslada a un registro íntimo, óptimo para la oración. Por su parte, el joven Alfonso Lozano, que firma “Señor de la Humildad” en ese mismo año, ya se encontraba por entonces inmerso en la trayectoria estilística a la que pertenecen sus obras más maduras, y propone una sencilla pieza para quinteto con dos motivos muy diferentes entre sí en cuanto a caracteres se refiere: el inicio -que nace con un estilo fugado y que vuelve a aparecer al final- puede resultar un tanto tétrico, mientras que la parte central la ocupa una dulce melodía. Son estas dos obras claros ejemplos de ofrendas musicales nacidas desde el más profundo sentir de sus autores, y que, pese a ser concebidas para ser interpretadas en el exterior y en movimiento, en ningún caso cuentan con la marcialidad, la contundencia y el ritmo que asociamos a las marchas procesionales. Esto puede suponer que en muchas ocasiones el cofrade de a pie no reconozca este tipo de género como música cofrade propiamente dicha, o que incluso, dada su poca difusión, las propias cofradías fomenten más la interpretación de las piezas de capilla más clásicas y célebres en detrimento de las suyas propias, lo que hace más que probable escuchar repertorios similares en cualquier punto de Andalucía. Por lo que, aprovechando estas líneas, se hace también extensiva a estos registros musicales la defensa del patrimonio sonoro que en el inicio de esta sección se ha manifestado.
La velocidad con la que se pasan los días en Cuaresma es vertiginosa, y una vez que llega el Domingo de Ramos, ésta se vuelve casi exponencial. Sin darnos demasiada cuenta hemos llegado al Miércoles Santo y la luz reflecta la blancura de las paredes de Capuchinos y de San Jacinto. “De Capuchinos al Cielo”, dice el título de la marcha que escribió en 2012 David Peragón Romero, y que, con sus arrebatadoras llamadas iniciales, seguidas del poderío de los trombones, sintetiza a la perfección los nervios y emociones contenidas en la hora previa. Es curioso, en los días que nos preceden han pasado ante nuestros ojos escenas de la Pasión verdaderamente conmovedoras, e incluso nos hemos sobrecogido con la forma de andar de cofradías de negro que han llenado nuestras calles de sobriedad y recogimiento; sin embargo, el ambiente que se respira en la plaza parece ciertamente festivo. Es difícil no percibir un mensaje de esperanza al paso del cortejo que lleva el color de la pureza, y por ello, más que a un Cristo esperando la crucifixión en el monte Calvario, bien podríamos estar expectantes ante la llegada de un Rey de Reyes que entra en Jerusalén. Y es que el Señor de la Humildad y Paciencia sale al encuentro del pueblo al compás de una música triunfal, asumiendo claramente la voluntad del Padre. Los acordes recuerdan a épocas de canastilla caoba y oro, tiempos de misterio cerrillesco y de San Zoilo al atardecer. Suena “Humildad y Paciencia” (1994), de Alejandro Cubero Romero, legado de la etapa en la que la entrañable Agrupación Musical de la Estrella de Alcalá de Guadaira acompañaba al Señor. El sabor de los noventa se paladea con cada redoble de tambor, que con precisión marca el inicio y el final de cada frase. Las cadencias perfectas, formadas por los acordes Do Mayor, Fa Mayor, Sol Mayor y Do Mayor, son las generadoras de la alegría y del carácter conclusivo de cada uno de los temas. Este recurso armónico, unido a la alternancia con motivos de más movimiento –y que en la época iban de la mano de una pequeña aceleración del tempo-, da pie al sello típico de las marchas de entonces. Pese a que aún no se había generalizado la inclusión de las tubas en las agrupaciones, dichas composiciones contaban con un resultado bastante pleno en cuanto a armonía se refiere.
El Señor, paciente, ha llegado a San Andrés. La tarde se está apagando y un miembro del Sanedrín le ordena a cargar con la cruz. Un amplio surtido de marchas dedicadas se ha fraguado en el período de años en que la imagen ha sido acompañada por la Agrupación Musical Santo Tomás de Villanueva, de Ciudad Real, fruto de la inspiración de diversos compositores y propiciado por la buena relación entre cofradía y banda. Algunas de ellas son “Al Señor de la Paz” (Ángel Pardo Barba) y “Costaleros de Humildad” (Miguel Ángel Font), ambas de 2008 y registradas en el disco Racheando va el Señor, que la formación manchega grabó dicho año; por su parte, en el siguiente trabajo discográfico de la agrupación, Entre rocío y azahar, queda plasmada “Al son de tu Humildad” (2012), igualmente de Font, asesor musical de Virgen de los Reyes, y que por un tiempo ejerció labores de dirección en la querida Agrupación Musical de Santa Cruz, la cual tuvo de forma casual sus merecidos minutos de gloria tras el Señor en 2007. Esta música parece querer aliviar las Penas por las que pasa el Señor, que con su infinita Humildad carga con el peso de nuestros pecados.
No es fácil resumir a grandes rasgos las características de las obras musicales sin entrar, aunque sea sutilmente, en el terreno de los tecnicismos. Es verdad que nos encontramos ante composiciones alegres y con gran dinamismo, pero no es menos cierto, que la evolución en el estilo de agrupación ha traído consigo la búsqueda de tonos algo más cercanos al patetismo. Así, de la brillantez que aportaba la tonalidad de Do Mayor en la marcha que antes comentábamos, hemos pasado a la nostalgia de los modos menores, y precisamente estas marchas tienen dos cosas en común: la primera es una cuestión armónica, ya que en las tres predomina el tono de Fa menor, bien como tónica, o bien como arranque de una escala andaluza adaptada a las posibilidades tonales de los instrumentos con los que contamos; la segunda cuestión es formal: ninguna de las marchas se inicia con la totalidad de la plantilla, sino que comienzan con un tambor –o caja en algún caso- como base, al que más tarde se irán añadiendo el resto de instrumentos. Aun así, este recurso está tratado de formas muy diversas en cada una de las marchas: en la marcha de Ángel Pardo nos encontramos ante una introducción en la que el tambor entra con marcha regular y aparece una melodía clara a dos voces, que resuelve en un tema con algo más de cuerpo; sin embargo, en “Costaleros de Humildad”, este tipo de toque de tambor, más que una introducción es una secuencia rítmica –los primeros compases con tambor, y más adelante con cajas chinas- que se prolonga durante algo más de la mitad de la marcha sirviendo de soporte a una progresión de acordes que se repite (Fa menor, Mi b Mayor, Re b Mayor, Do Mayor), sobre la que trompetas solistas, con gran protagonismo, van efectuando una serie de variaciones. Por último, “Al son de tu Humildad”, aporta una particular interpretación de la métrica, gracias a los diferentes mordentes, ritmos y redobles que generan los instrumentos de percusión.
Se aprecia en estas marchas y en las que se componen a continuación una clara intención de reciprocidad entre cuadrilla y formación musical, resultando realmente vistosa la particular Vía Sacra que ambos colectivos llevan a cabo, y que, partiendo del Realejo, tiene su Gólgota en el corazón de la ciudad.
Avanza la noche, y las tulipas de los candelabros arbóreos se van manchando con el goteo de la cera, que se ha ido derramando pausadamente, con una calma sólo rota por el ímpetu de las levantás. Un interminable rosario de blancos penitentes avanza por la calle del Osario mientras suena “Nazarenas de la Paz” (2012), de Antonio Jesús Criado. Desde el comienzo, mediante un acorde de La b Mayor precedido de un tresillo de corcheas en anacrusa, se establece un relleno armónico consonante, redondo, carente de tristeza, sobre el que se apoyan los solos de trompeta, que dibujan en el aire una serie de preguntas y respuestas mediante figuraciones ternarias, y que se volverán a usar de forma casi literal en una coda, creando un así un final plenamente conclusivo.
Jesús continúa su camino. Se encuentra agotado. Una bóveda verde parece haber cubierto el cielo para arroparlo en este trance, y entre el murmullo se escucha el sonido del agua al caer. El cénit se acerca. Su mirada cabizbaja es la prueba de su resignación. El célebre trompetista sevillano Emilio Muñoz Serna compone en 2012 “Humilde Rey de Capuchinos”, materializando así el regalo de unos hermanos costaleros. Son muchos los ingredientes tímbricos y rítmicos que contiene esta marcha, en la que se plasma con creces lo que su título reza. Tras una melódica introducción en Do menor y mezzopiano en la que las cajas chinas subrayan la frecuencia de las corchas –recurso unificador entre los distintos motivos de la composición- se suceden una serie de temas que nos llevan hasta la parte central -uno de ellos claramente definitorio- y que logran que la marcha vaya creciendo en cuerpo y potencia, dibujándose una línea ascendente de tensión que alcanza la cima con una serie de intervenciones que otorgan cierto protagonismo, primero a los trombones, y más tarde a la trompeta y a la corneta, con sendos solos. Tras el tutti, un breve motivo fugado a modo de nexo da paso a una preparación para el final de la marcha llena de serenidad, que aporta tranquilidad y que recuerda el carácter inicial de la marcha. El fin se produce con la recuperación del emotivo tema central, que se ejecuta en tutti, y que culmina con un largo y contundente acorde en el tono de la tónica.
El portuense José Manuel Lechuga es el autor de alguna de las aportaciones más recientes al patrimonio musical dedicado al Señor. “Despojado de la Paz” y “Bajo tu humilde mirada” (estrenada en 2014 durante la II edición del Certamen “Humildad y Paciencia”) son dos marchas tremendamente efectistas, y con una aflamencada sonoridad, siendo la segunda enormemente exigente con el uso de los instrumentos de percusión, innovadora y llena de contrastes. La primera de ellas, con una acertada instrumentación, comienza en mezzopiano y va crescendo poco a poco pasando por el tema que quizá es más característico, de cierta emotividad, y que con algunos cambios en cuanto al ritmo y precedido por un nexo, se repite ya con la banda al completo y en forte. Un siguiente tema, tranquilo, legato, y con interesantes cromatismos, aumenta la tensión progresivamente, mientras que la cuerda de percusión empieza a mostrar sus posibilidades rítmicas, que resuelven en una sección que requiere de gran agilidad del trompeta para la resolución de los solos; durante éstos, la totalidad de la formación calla por completo, dando así protagonismo a la intervención del solista e intercalándose con él. Llegados a este punto se recupera el motivo principal, que se nos presenta a modo de tema con variaciones, de las cuales una de ellas se apoya en los mordentes de las cajas chinas –recordando en cierta medida a las marchas de los ochenta y noventa- para dar paso a la definitiva, en tutti y fortissimo.
Nos encontramos en la madrugada del Jueves Santo y están a punto de consumirse las últimas gotas del efímero gozo. La plaza que hace unas horas era pura luz y una explosión de fervor ahora resulta intimista, algo más callada y sumamente acogedora, mientras el crucificado de todos los cordobeses permanece dormido, estático, silente en su pétreo trono, por los siglos de los siglos. Fue en la copla del célebre músico de cine, el oscense Daniel Montorio Fajó, en la que Miguel Ángel Font se inspiró en 2003 para escribir “Al Cristo de los Faroles”. Ésta, junto a “Humildad bajo la luna flamenca” (2005), confirmaría una tendencia que llevaba fraguándose ya algunos años, y que con el avance de la década seguiría poniéndose de manifiesto: la asimilación del flamenco como sonoridad habitual en las marchas para agrupación musical. Serían estas dos obras, no sólo un referente en el repertorio de Virgen de los Reyes –agrupación a la que se debió su estreno-, sino también del de otras numerosas formaciones, que se encargarían de su exportación más allá de los límites de nuestra región.
La luna llena a la que hace referencia la marcha indica que todo se ha cumplido. El Señor de la Humildad y Paciencia culmina su discurrir y es despojado de sus vestiduras para ser crucificado en una Cruz. La melancolía se vuelve inevitable. El lamento de una corneta es una especie de llanto en la noche, un timbre de duelo que arranca emociones difíciles de definir. Israel Guijarro compuso en 2000 “Despojado en tu Humildad”, marcha con la que los nostálgicos recordarán a la añorada y cordobesísima banda de la Fuensanta, que dirigiera D. Antidio Cabal Casares, recientemente desaparecido. La composición, sobria y solemne, se encuentra en Fa menor, y cuenta con un sabor clásico y añejo, heredero de las marchas de antaño.
Las tendencias pasan, al igual que las personas, y son las imágenes las únicas que permanecen. A la marcha de Guijarro -que ha permanecido durante años sin sonar, y que tras el cambio de estilo a cornetas y tambores esperamos que vuelva a hacerlo- hemos de añadir la segunda marcha para este tipo de formación musical que llega a la hermandad, “Sueño de Miércoles Santo”, obra del sevillano Manuel Jesús Guerrero Martín, y que forma parte de una historia que aún está por escribirse.
Música para María
El catálogo de marchas escritas para María Stma. de la Paz y Esperanza puede que no sea tan amplio como el de las dedicadas al Señor -comentado en el punto anterior-, pero cuenta con la virtud de dar cabida a piezas emblemáticas, alguna de ellas no sólo representativa de la cofradía, sino de la Semana Santa cordobesa. Si hubiera que describir con música el transitar de la cofradía de Capuchinos no cabría ningún tipo de duda, la elección recaería en “Paloma de Capuchinos”, santo y seña de la hermandad y sobre la que profundizaremos unos párrafos más adelante, ya que, a juicio del que escribe, tanto por su coda final como por lo que significa en la historia de la corporación, representa el broche de oro perfecto para un concierto; y haciendo un pequeño símil, la conclusión ideal de este humilde texto.
Las razones por las que un compositor se decide a escribir una marcha procesional para una imagen sagrada pueden ser muy diversas: en ocasiones, el músico materializa un trabajo con contrato de por medio, pero en otras muchas es la devoción el desencadenante, lo que hace que éste fragüe la composición de manera altruista; también juega un papel fundamental la relación con miembros de la hermandad, de amistad o de otra índole. Cuando la unión de una banda con una hermandad se dilata en el tiempo, es habitual que los lazos comerciales desemboquen en otros afectivos. Es el caso de la Banda Municipal de Huévar. Fruto de su acompañamiento musical durante numerosos Miércoles Santos tras la Virgen de la Paz son las marchas “Paz y Esperanza” (1996) y “A mi Reina de la Paz” (2009), ambas del, hasta 2010, director de la formación. Si bien, entre ellas no hay demasiados aspectos en común, y en ellas se manifiestan las más que evidentes tendencias de cada época.
La primera de ellas es una marcha alegre, que arranca en Do mayor con cornetas, que se interrumpen en el tema central –o fuerte de bajos- para volver a incorporarse en la re-exposición del tema B. Se trata de una marcha muy correcta en su construcción y con la chispa de finales de los ochenta y principios de los noventa. Por su parte, “A mi Reina de la Paz” es una marcha más exótica y algo más fragmentada, pues aparecen durante la misma diferentes temas distantes entre sí en cuanto a melodía, tonalidad y fórmula rítmica, algunos de los cuáles en forma de solos (trompeta y flautín, acompañado éste con un tambor emulando a un tamboril), lo que la aleja notablemente de las predilecciones más puristas, y por el contrario, consigue arrancar la emoción de cierto sector del público.
Volviendo a “Paz y Esperanza”, quizás la más característica de las marchas después de “Paloma de Capuchinos”, se completa con sendas modulaciones a tonos menores en el fuerte de bajos y en el trío, lo que consigue un agradable contraste entre el júbilo y la nostalgia, entre el vigor y la añoranza, disparidad de sentimientos que se acrecentó cuando Rafael Castejón Torrico añadió la emotiva letra al trío, que con inocencia cantan cada uno de los niños de la Escolanía que lleva el nombre de la Virgen, y que reza así:
Luna blanca de Nisán iluminando al pueblo cordobés
por caminos de hermandad bajo las alas de San Rafael.
En su llanto de Humildad tus ojos dan sentido a nuestra Fé,
que los que alzaron el vuelo contigo a los cielos puedan escuchar
la plegaria de Esperanza, que cantan tus niños, Reina de la Paz.
“Pasa la Paz y Esperanza” (2010), de Manuel Alba, y “Los destellos de tu palio” (2012), del director, profesor del Conservatorio y hermano de la corporación, Manuel Pérez –autor así mismo de la plegaria y de la Salve, dos piezas vocales con acompañamiento instrumental-, suponen un modelo de marcha alegre mucho más comedido a lo que acostumbrábamos en las últimas décadas, paralelo a la impronta actual de la Virgen en la calle, alegre, a la par que fina y elegante. Se trata de dos obras de músicos consagrados que vienen a enriquecer el patrimonio de la hermandad. La primera aporta una alegría contenida, en la que se alterna la brillantez de las cornetas con el movimiento y delicadeza de la madera; la segunda, cuya introducción establece un claro sosiego no carente de cierta tensión, está llena de solemnidad, y se estrenó en versión orquestal, dirigiendo por el propio D. Manuel.
Tal y como decía San Agustín –según la atribución-, “el que canta, ora dos veces”, y eso es lo que hacen cada uno de esos angelitos de roquete blanco y esclavina verde en cada una de estas dos obras –las de más reciente dedicatoria- contribuyendo así a que la música deje de ser simplemente esa sintonía con la que el costalero se venía arriba, y pase a honrar y glorificar a nuestros sagrados titulares.
“Paloma de Capuchinos”
Nos encontramos tras el ábside de San Miguel. La candelería refulge, la cuadrilla avanza muy poco a poco. Suena la banda. La música es a la Virgen como la Virgen a la música. En cofradías hay ocasiones en las que podríamos afirmar que existe la plenitud.
D. Francisco Melguizo (Córdoba, 1915 – Sevilla, 1998), insigne cofrade, compone en 1950 la que, durante décadas, sería la única marcha dedicada a María Stma. de la Paz y Esperanza. Y lo hace gracias a una simpática anécdota. En 1950 había salido procesionalmente por vez primera la Virgen de las Lágrimas y Desamparo, siendo hermano mayor el citado compositor, y solicitó a la Junta de Oficiales de la Paz y Esperanza la posibilidad de que la Banda del Gobierno Militar, a la que ese año le correspondía acompañar a la hermandad de Capuchinos, actuara ese año tras la Señora de San Pedro, para que en su primera comparecencia no lo hiciera en silencio, y pudiera interpretarse “Lágrimas y Desamparo”, obra que D. Francisco había firmado ese mismo año. Y así fue, la hermandad de la Paz aceptó la petición, la Virgen de las Lágrimas fue con banda y durante todo el recorrido se puedo escuchar su marcha. Al año siguiente, 1951, el músico y hermano mayor de la Misericordia, compuso “Paloma de Capuchinos”, en agradecimiento por la concesión, cuyo arreglo para banda lo hizo D. Pedro Gámez, por entonces Capitán Director de la Banda del Gobierno Militar de Córdoba.
Melguizo había estudiado música con D. Luis Serrano, director de la Capilla Musical de la Misericordia, que más tarde dirigiría Antonio Jiménez Román. Estudió Piano y Armonía, y participó durante años como crítico musical firmando como Clarión en su columna del Diario Córdoba, labor que compaginaba con su trabajo en el Cuerpo Técnico de Comunicación. Por todo ello llegó a tener gran relación con el colectivo musical y escribiría marchas procesionales como la dedicada al Señor de la Caridad, o como “La Música del Silencio”, ya en su etapa de residencia en Sevilla, donde se jubiló como Jefe de Telégrafos.
Al igual que ocurre con “Virgen de las Angustias” de Báez, o con “Saeta Cordobesa”, de Gámez, gracias a Dios, no encontramos ante una obra que mantiene con creces una relación de reciprocidad perfecta con la cofradía a la que está dedicada. Es cierto que durante décadas hubo muchos aspectos de las cofradías que no se valoraron. Se desvirtuaron y sustituyeron elementos característicos, ¡e incluso imágenes! La música no corrió mejor suerte, sin embargo nos encontramos en un período de esplendor que esperamos que dure muchos años.
La marcha comienza al unísono con una serenísima y bella melodía, que recuerda a un canto franciscano. Esta introducción se elabora y se nutre de armonía y de contracantos para convertirse en el tema principal, sin perder en ningún momento la mesura y el carácter inicial. Las marchas de la época contenían esa especie de oscuridad, que parece representar la sociedad de entonces. Y los caracteres reposados nos hablan de un tiempo en el que el uso de las ruedas estaba más que extendido. Por ello, algunos parámetros como la frecuencia o la métrica, eran diferentes a los que hoy día concebimos como habituales. Tras la sobriedad, unas llamadas de metales son las encargadas de traer la luz, primero en modo mayor y después, en el relativo menor. Característico es el rítmico motivo que viene a continuación, en el que la marcialidad de las trompetas juega con la dulzura de las flautas, y que se repite dos veces. Es, en realidad la reinterpretación del motivo de una marcha clásica para cornetas y tambores que aún hoy día puede escucharse en algunos puntos del litoral levantino.
El trío, dulcísimo, en el que podemos paladear las ágiles melodía de los clarinetes, es realmente representativo de cómo lo elegante no tiene por qué ser lento, dando lugar a un resultado memorable. Tras la vuelta al rítmico motivo anterior, la coda final nos advierte de un final grandioso, plenamente consonante, y con el ritardando previo a los últimos acordes nos queda esa sensación de que ya todo está dicho, y poco más hay que añadir.
Dicho todo esto, la mejor forma de interpretarlo no es leyéndolo, sino sabiéndolo escuchar.
Rafael Wals Dantas.
La música para la Coronación de la Virgen de la Paz
Hace un año de aquella jornada histórica para Córdoba, en la que Ntra. Sra. de la Paz y Esperanza fue coronada canónicamente. Las vicisitudes por las que se tuvo que pasar a consecuencia de la pandemia mundial del coronavirus, motivaron el aplazamiento de esta gran celebración programada en un principio para octubre de 2020, viéndose materializada dos años más tarde. Precisamente por ello, que supuso un intervalo de tiempo de espera, unido a todo lo que se había organizado previamente, una de las mejores herencias y legados que dejará para siempre este hito en la hermandad cordobesa es sin duda su patrimonio musical: el elenco de obras musicales escritas para esta ocasión en honor de la Virgen.
Antes de abordar el grueso de este corpus musical para la coronación, donde destacan las marchas procesionales, merece la pena reparar en dos piezas muy interesantes compuestas para tan magno acontecimiento, de culto interno, donde la música es el mejor vehículo posible de oración y encuentro con la Santísima Virgen.
En un primer término, aparece una obra de hondo significado: "Magnificat". Con ella, Manuel Pérez Rodríguez compone una preciosa obra incardinada en la oración que lleva su nombre, sobre las palabras que pronunció la Virgen cuando visitó a su prima Isabel. Este canto de alabanza mariano, a capela, aparece en una solemne melodía que fue estrenada por el coro de cámara “Stelium” en la iglesia de Capuchinos en enero de 2020. La música transita entre expresiones de alabanza con un marcado carácter espiritual y trascendental; un potente canto mariano que remueve el alma y nos eleva hasta la oración.
La segunda es el himno oficial de la coronación, compuesto por la música de Clemente Mata y la letra de Luis Miranda. Una exquisita pieza, estrenada por el coro de cámara del Cabildo Catedral en la iglesia de Capuchinos el 16 de septiembre del año pasado, escrita para cuatro voces y órgano, de profundo lirismo y expresividad, que se cristaliza bajo el binomio de la composición musical del maestro organista de la Catedral-Mezquita de Córdoba y la poesía del periodista de ABC Luis Miranda.
Sobre el poema "Llegaste como una luz…", donde Luis Miranda desgrana con su magistral inspiración el universo que rodea a la figura de la Paz y Esperanza en una enumeración rica en adjetivaciones y metáforas, la música de Clemente Mata aparece de una forma elevada, solemne y mayestática, rodeada de una atmósfera armónica que engarza perfectamente con la unción sacra que reclaman este tipo de obras musicales.
En el estribillo del himno, reside la esencia de la obra en cuanto a música y letra, con una música dividida en dos partes bien diferenciadas gracias al giro de modulación que realiza:
"Y al ceñirte la corona
se nos ha inundado el alma
de la cándida azucena,
de la marina esmeralda,
del fragilísimo azahar,
de tul y olor a romero,
de alegre gladiolo en varas,
de las hojas de la palma
que triunfa sobre el pecado
y del canto de la plata
como un salmo de alabanza.
El ancla verde de algas
y hojas de olivo plateadas
se anudan para que Córdoba
rece en tu Paz y Esperanza"
En el capítulo de las marchas, que destacan por la importante cantidad de las mismas que se escribieron para la ocasión, podríamos comenzar por la primera de ellas para hacer un recorrido en orden cronológico. Se trata de “Paz y Esperanza Coronada”, de Juan Rafael Vílchez Checa, compositor y director jiennense, autor de numerosas marchas para cofradías no solo de Jaén, sino también de Sevilla y Huelva. Firmada en 2018 y estrenada por la banda de música de la Soledad de Cantillana en enero de 2019, esta marcha comienza con un solo de trompeta de aire nostálgico para dar paso directamente a los compases brillantes de la marcha, que entre cornetas y a través de una estructura clásica, remarcan el tono conmemorativo para el destino de la composición.
En 2019 Christian Palomino compone la marcha “Niña de Cerrillo Coronada”, donada por los hermanos Sánchez Urbano con motivo de la coronación. La marcha fue estrenada por la banda de música municipal de Arahal, bajo la dirección de José Manuel Bernal, el 11 de septiembre de 2021 en un concierto ofrecido en la plaza de Capuchinos con marchas dedicadas a la Virgen de la Paz, todas ellas con motivo de la coronación. Un enclave de gran belleza y un recital que presidía la Virgen de la Paz, en la que dio a luz esta marcha donde el comienzo lo protagonizan las maderas en continuo diálogo como prólogo al resto de la composición que destaca por el fuerte carácter alegre de la celebración.
También de 2019 es “Paloma Cordobesa”, de David Torres Fernández. A diferencia de las dos anteriores, el comienzo en tutti fuerte nos sitúa de lleno, desde el primer compás, en el aire triunfal y conmemorativo de la coronación, con una composición que discurre por una estructura clásica con un trío final muy cuidado y desarrollado, inspirado en la “Salve de La Paz” compuesta por Francisco Villafuerte León, y que culmina recapitulando la misma introducción.
Y como última marcha de aquel año previo a la primera fecha programada para la coronación, el joven músico cordobés y subdirector de la banda de música Mª Stma. de la Esperanza de Córdoba, Pablo Martínez Recio, compone una bellísima composición titulada “Noche bordada en plata” y estrenada en el referido concierto de la banda de Arahal en septiembre de 2021. Si singular es su título, aun más sus entrañas melódicas y armónicas, que sitúan a su autor entre uno de los compositores cordobeses más interesantes y en uno de los nombres más prometedores del género de la marcha en Andalucía.
Como si de una evocación musical se tratara, “Noche bordada en plata” es un poema sinfónico que nos transporta a una música donde pareciera brotar el mismo Turina componiendo para alguna escena andaluza. Pero lo hace un joven músico cordobés a través de tres temas, en una suerte de ensoñación donde aparece la parte solemne de una coronación, los quiebros melódicos de la saetilla que entonan las maderas entre clarinetes y flautas con la participación de un violín en la partitura original, y una recreación del recorrido de vuelta del palio donde la plata de su bordado pareciera como si se ensortijara con las notas andaluzas de una melodía muy inspirada.
De otro compositor cordobés protagonista de la generación dorada que vive nuestra ciudad, y también componente de la banda de música de la Esperanza de Córdoba, Rafael Wals Dantas, nace la marcha “Coronación de la Paz y Esperanza” en 2020. La composición rezuma en todos sus pasajes la enorme personalidad del autor con los irresistibles giros melódicos y bases rítmicas tan características. Desde la introducción entre cornetas, pasando por pasajes en los que no cabe lugar a lo previsible y su compositor sorprende con exultantes fuertes de bajos y cantos de trío de maderas y metales con castañuelas y cascabeles navegando por unas melodías muy andaluzas. Se trata de toda una gran marcha alegre revestida de notable elegancia para Córdoba.
Al poco tiempo, aparecen las dos últimas marchas dedicadas y que también fueron estrenadas en el concierto que ofreció la banda de música de Arahal en septiembre de 2021.
Del conocido compositor de marchas como "Danos la Paz" o "Siempre la Esperanza", Jesús Joaquín Espinosa de los Monteros, surge la marcha "Córdoba te corona de Paz". Una composición que engarza claramente con el prototipo de marcha letífica y conmemorativa, de gran fuerza tan solo interrumpida por su correspondiente pasaje de trío, de expresión más suave y reposada que en su repetición termina con la misma fuerza y alegría que el principio.
Y por último, el afamado Víctor Ferrer Castillo, autor granadino de conocidas marchas como "Mi Amargura" o "Concha", firma "Reina y Señora de Capuchinos". La marcha discurre por el estilo característico de su autor, lleno de cantos nostálgicos de las maderas donde despunta el sencillo cariz cantábile con el que gusta al granadino imprimir su música. Tiene distintos pasajes bien desarrollados, desde frases de dulzura contrastando con episodios donde destacan las cornetas y metales que llevan la composición hasta su final.
Es muy probable que la coronación de la Virgen de la Paz haya dado uno de los mejores frutos musicales que se recuerdan en la ciudad, por la numerosa cantidad de obras musicales dedicadas y por la diversidad y calidad de las mismas.
Mateo Olaya Marín
La música de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia
Por desarrollar
